Articulo
El vuelo de irás y no volverás
El otro día me decía una amiga que cualquier ciudadano digno de tal nombre debería leer con respeto y reverencia la letra pequeña que acompaña a los billetes electrónicos.
La aguda sensibilidad de mi amiga le ha llevado a escribir un libro titulado Volar: una experiencia transcendental. Hágalo usted mismo, en el que explica la valiosa aportación de las compañías aéreas al mantenimiento de los valores espirituales en esta época materialista y depravada.
Al parecer, en el contrato calámbrico, quiero decir electrónico, se hace constar que para las tarifas populares (aquí es donde mi amiga localiza una primera señal: la aparición heroica de “los más”, esto es, das Volk, el pueblo llano) no hay vuelta sin ida.
Es decir, habiendo pagado usted los dos tramos, si es hombre o mujer de poca palabra y ánimo voluble, o simplemente si permite usted que las circunstancias se impongan a su determinación de elevarse por los aires un día concreto a la hora señalada, pues bien, ya no tiene usted derecho a volver y su retorno será vendido de nuevo a un alma más pura que la suya, que asciende cuando tiene que ascender y aterriza cuando toca.
Ha perdido usted su dinero, sí, pero el vil metal es lo de menos, lo que importa es la educación en valores, y usted ha aprendido que es de hombres y mujeres de bien mantener su palabra y acudir puntuales a las citas.
Tengo otra amiga que es atea y cree que, en cuestión de credos, less is more, que ha sido iluminada también por la musa Von Boeing-McDonald Douglas y ha escrito otro libro titulado Yo volar mañana, en homenaje a Manitú y sus fans.
Es la historia de un ama de casa que habiendo sido captada para la secta de los Comunicacionistas del Octavo Día (su fundador, Bodaphónico Alló, pregonaba un único mandamiento entre sus fieles: “Verborree usted generosamente, por todos los medios técnicos a su alcance, porque hablando se entiende la gente”), se decide aaclarar sus dudas personalmente con algún empleado de su compañía de altos vuelos preferida.
Tras pasar varias horas enel purgatorio 807-902, sin conseguir que nadie le ponga al habla con el ansiado Ser Humano (es más, las vocecillas del limbo insisten, tercas y tenaces, obtusas, en que tal ente no existe, y que si tiene dudas o quejas de cualquier tipo, para eso está la escombrera ciberespacial, que mande un mail a tal arroba etc.), decide navegar por su cuenta porlos procelosos mares de la Responsabilidad Social Corporativa 0.0, en busca de un ansiado número de contacto.
Por fin, tras una minuciosa e infructuosa búsqueda de dígitos en los dominios de la “Antención al cliente”, donde todos deben ser de letras, porque allí no hay ninguna cifra, encuentra un teléfono de “Atención al Accionista” y ni corta ni perezosa, sino henchida de esperanza, llama.
Una voz aterciopelada le contesta al otro lado del aparato y un celestial “buenos-días-qué-desea” llega a sus oídos. Y nuestra ama empieza a contarle sus clientelares penas a la señorita Velvet, que pronto descubre la jugada y cambia el tono a formato lija.
Nada más colgar, el mundo de nuestra consumidora empieza a tambalearse. Los síntomas habituales de la anomia severa hacen presa en ella: taquicardia con pérdida de referentes morales y de conducta, apoplejía de buenas costumbres etc.
Como mi amiga es de la liga anticerrojos, el final de la novela es abierto, así que no puedo contarles en qué acabó la cosa, pero ahí queda eso.
El vuelo de irás y no volverás
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