Articulo
El perro que no miraba de frente y la gallina que susurraba a los espías
La semana pasada estuve de vacaciones en un pueblo recóndito de la Galicia sea-free y, como casi no quedan humanos, me dediqué a la atenta observación de las otras especies animales allí presentes.
Puedo dar fe, por haberlo visto con mis propios ojos y en tercera persona (los otros dos habitantes del pueblo estaban delante, haciendo obstáculo) de la presencia de un perro espía de origen desconocido e infiltrado entre el resto de la comuna de perros perseguidores de jabalíes y corzos ocasionales (ocasionales los corzos, los jabalíes son sistémicos). (+)
El perro en cuestión, tipo salchicha parmesana (no alcanzaba la dignidad de una bratwurst ni mucho menos) era ojiplático y seguía a rajatabla el mandamiento de los Golpes Bajos: “No mires a los ojos de la gente…”. Pasaba y repasaba con la cabeza gacha y en ningún momento le oí un amago de “guau”.
Intenté comprarlo con un FunTastic (golosina canina de última generación con aroma a jamón y queso y forma de regaliz ondulado. 0% materia grasa.) sin éxito alguno. Miró al último grito en nutrición chuchil y, a continuación, me lanzó a mí una mirada de desprecio y siguió su camino.
Tenía montado el campamento base detrás de una hilera de bombonas de butano y asomaba el hocico con regularidad británica todas las horas en punto. La única palabra, entre las que de mi boca salieron, que consiguió provocarle un apenas perceptible movimiento del cuarto bigote del lado izquierdo fue “galescola”.
Otro espécimen digno de observación y fantaseos para cualquier turista rural que se precie, era una gallina negra a rabiar que ponía huevos perfectos, sin estrías ni protuberancias, y más apepinados de lo que es habitual entre estos bichos.
Pude saber, por fuentes fidedignas, que el ovíparo en cuestión había aparecido allí escasamente tres horas antes que el can mentado. La cosa empezaba a oler a complot, la gallina correteaba ligeramente escorada hacia el côté de los bosque verdescentes.
Su adoptante/propietario jura y perjura que la pita, en sueños −y en más de una ocasión−, en lugar de cacarear pronuncia a intervalos intermitentes algo así como ceeneí, habilidad que onomatopéyica que sugiere el centro español de espionaje.
Pueden ustedes pensar que todas estas conclusiones e indicios que acabo de poner sobre el papel están sacados de quicio y son fruto de una imaginación calenturienta. Pruebas no tengo, por ahora, pero les garantizo que “haberlas hailas”.
El perro que no miraba de frente y la gallina que susurraba a los espías
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