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rosa.caustica Actualizado el 16 de Noviembre de 2009

Un emoticono vale más que mil palabras

Un emoticono vale más que mil palabras

Creo que ha llegado el momento de tratar con pausa analítica y vocación de servicio público un tema trascendental: los emoticonos. (De acuerdo con la Royal: “Símbolo gráfico que se utiliza en las comunicaciones a través del correo electrónico y sirve para expresar el estado de ánimo del remitente”).

Vayamos por pasos y analicemos estos signos que, a día de hoy, constituyen la reserva emocional sígnica de las nuevas generaciones. Que un mero iconito consiga ablandar el corazón de la media naranja más agraviada(+)    

consiga disolver, cual aspirina efervescente, enfados y entuertos; que, en fin, contribuya a la paz en el mundo y a la lucha contra el cambio climático, da cuenta del papel esencial que juegan los emoticonos en la preservación de la estabilidad social.

De hecho, esta capacidad para adormecer iras y enternecer corazoncitos ha sido criticada por numerosos teóricos de la conflagración, que consideran estos, en apariencia, inocentes símbolos, como el brazo armado del Imperio; la última y más sofisticada de las argucias para contribuir al conformismo y erradicar el espíritu de lucha y el caudal de acción que genera el descontento.

Otros ven detrás al Cetro, argumentando que detrás del esquematismo naif de los emoticonos y de su potencial reconciliatorio, se está librando una batalla a muerte en defensa del matrimonio y contra el chaquetismo sentimental.

Otra propuesta interpretativa, que está alcanzando cierto predicamento en el campo en cuestión: la sociológicopsicotrans.

Haciendo uso de los más refinados y científicos métodos de análisis, estudiosos del campo han concluido que el uso de los caretos en cuestión, da buena muestra de la progresiva infantilización y el primitivismo de las nuevas generaciones, sin valores ni principios (a diferencia de las antiguas generaciones −a las que, por supuesto, pertenecen todos estos sabios−, de firme moral, férreos valores y altas cimas), egotistas, banales y una larga cola de piropos inversos.

Tanto es así que amenazan, dichos estudiosos, con dejar de lacerar a la sociedad con estudios sobre la bestia televisiva y sus nefastos efectos sobre las conciencias, para pasar a la fase de concienciación emótica.

Si desean saber más sobre tan apasionante cuestión, estar mejor informados y alcanzar mayores cotas de libertad: The New York Times, El País, The Guardian.

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