Articulo
Elemental, querido Watson
Hoy, ‘ladyes’ and ‘gentlemans’, voy a hablarles de lo primero que se me ocurra y, por cercanía escópica −sesión de (sábado) noche−, lanzaré a la brisa virtual algunas consideraciones sobre una encantadora película de Billy Wilder: The private life of Sherlock Holmes (se lo escribo en inglés para que suene a futuro y a horizontes de progreso).
La película va sobre eso que en nuestra sociedad levantavelos se llamaría “el lado humano del héroe”, las “grandezas y miserias”, en resumen, la “private life”.
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El plot: un caso que Sherlock Holmes no consigue resolver y en el que mide sus fuerzas con una espía del ejército imperial alemán ,Von Hoffmansthal, que demuestra estar a su altura y a la que no consigue desenmascarar; espías alemanes disfrazados de monjes trapenses a los que los servicios secretos británicos hunden en un submarino made in england en fase beta; canarios detectores de gases tóxicos; la ambigüedad sexual de Holmes y sus “problemas con las drogas” (aquí estoy intentando darle a este relato un toque de servicios informativos); Watson (el eterno segundón que, como tantos segundones, se encargará de crear al héroe a través del relato apasionado e idealizado de sus hazañas) y sus sentimientos hacia el detective de Baker Street.
Pero, a diferencia de lo que ocurre en el 99,9% de las historias que produce nuestra amada industria cultural cuando pretende estar desvelando las privadas miserias de la people, ese Sherlock privado resulta ser más apasionante que el Sherlock impecable e infalible, que el Sherlock platónico.
Pero, ¡ojo!, Wilder lo consigue no mediante el socorrido recurso de inyectar épica en lo cotidiano (siguiendo el esquema de la Elena Salgado de Pavofrío), eso que tanto le gusta a los periodistas que se encargan de relatar historias del hombre sin atributos. Eso o profundizar sin escrúpulos en los abismos del lúmpen.
Estoy por proponer ante las autoridades transpetentes que el visionado de la película que nos ocupa sea obligatorio en las facultades de Periodismo de España entera, sin excepción de comunidades históricas ni prerrogativas forales.
Pues sí, resulta que el Sherlock “desmitificado” que nos esperábamos sigue siendo igual de soberbio cuando fracasa que cuando tiene éxito, con lo cual no le será dado al espectador ávido de fracaso ajeno regocijarse viendo al pecado capital número 1 arrastrarse por los suelos como una sabandija desvencijada y a Sherlock recibir una “cura de humildad” (eso que todas las generaciones maduritas y en conserva desean por la eternidad para las nuevas generaciones).
¿Por qué digo que debería ser de obligatorio visionado?
Razones no me faltan, pero pondré un ejemplo para los que necesiten ver: un periodista que hubiese visto esta película posiblemente no habría podido escribir la aberración topica con música de réquiem adosada que leía hace días en el periódico que suelo leer (por eso siempre critico al mismo): léanlo con sus propios ojos, que para eso existe el hipertexto.
El tema parece ser la despoblación rural y sus estragos en la Galicia sin mar. Fíjense en el título, de insultante imperialismo capitalino provinciano: Resucitar aldeas desde Madrid.
Pero la cosa no acaba ahí, a continuación viene toda la letanía tragipatética: los vejetes que quedan están tan tristes, qué grisalla, qué depresión, qué saudade, que alguien repueble el lugar con negocios de turismo rural para que los galleguiños (pobres ellos) puedan comunicar con los turistas y contarles (demostración for free) cómo se cultivan las lechugas, y enseñarles esas cosas tan interesantes de la madre naturaleza y sus manías estacionales.
Es decir, que si seguimos el hilo del amago de razonamiento que subyace al relato en cuestión, tendríamos que concluir que lo que están deseando todosestos pobres galleguiños de la Galicia profunda es convertirse en monos de feria para naturoturistas de pacotilla.
¡Por el amor de Dios! ¡Que alguien escriba La vida privada de los ourensanos, si no tendré que hacerlo yo!
Lo más dramático de todo esto es que detrás del sarao filantrópico del engendro travestido de “reportaje” encontramos (también habría que leer a Nietzsche en las facultades de Periodismo) los intereses −estos sí, privados− de insignes emigrados que aparentemente quieren montarse sus business (cosa muy loable) desde el púlpito y el supuesto amor al prójimo y a la vaca autóctona (actitud menos loable).
Aunque lo mejor de la semana en términos informativos −ejemplo impagable de la imagen que tienen los periodistas de su público y de la capacidad intelectual de la audiencia o usuarios− es la pertinente aclaración de A., que después de presentar la funnynoticia del día en el funnyvisceragol al que llaman Telediario −miren, los del equipo X tienen un nuevo jugador, un osito ruso (imágenes del osito, osazo para ser más exactos, en el césped del estadio, con camiseta reglamentaria incluida)−, aclara por si no nos habíamos enterado: “bueno, no vayan ustedes a pensar que lo de ‘jugador de refuerzo’ iba en serio.”
Elemental, querido Watson
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