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Noël y sus drives (relato de una putada)
La vocecilla de la rana ochentera de Cortylandia me dice que lo que toca es felicitar las Navidades. Felicitados seamos todos. No tenemos los pinos que nos merecemos, pero esa es otra historia.
Sin embargo me gustaría hablarles de la memoria y de los dispositivos de almacenamiento (también conocidos como hard drives), ya que la Navidad es la época en la que se agolpan los recuerdos hasta provocar embotellamientos emocionales de penosas consecuencias, como todas las familias saben (me dirijo a ellas porque parece ser que se han convertido en el interlocutor válido para la gente seria, y esto es muy serio). (+)
Sinceritos y sinceretes
Con el pedrisco del muro de Berlín sobre nuestras cabezas y el tango anejo de Libertad y Monstruo entonado en streaming por los medios informativos rendidos ante la cerveza prohibida de Angela y las pintaditas ácronas del Petit Nicolas, se me ocurre que el momento es propicio para tratar de un tipo humano apasionante: el Sincero Sumo.
Por sus hechos lo reconocerán: él es el que, pongamos por caso, va a la Universidad invitado a dar una charla y suelta, en la primera curva, que la Universidad no sirve para nada, en un cólico de asílodigoasílosiento alumnos queridos, queridos alumnos. (+)
Elemental, querido Watson
Hoy, ‘ladyes’ and ‘gentlemans’, voy a hablarles de lo primero que se me ocurra y, por cercanía escópica −sesión de (sábado) noche−, lanzaré a la brisa virtual algunas consideraciones sobre una encantadora película de Billy Wilder: The private life of Sherlock Holmes (se lo escribo en inglés para que suene a futuro y a horizontes de progreso).
La película va sobre eso que en nuestra sociedad levantavelos se llamaría “el lado humano del héroe”, las “grandezas y miserias”, en resumen, la “private life”.
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Un emoticono vale más que mil palabras
Creo que ha llegado el momento de tratar con pausa analítica y vocación de servicio público un tema trascendental: los emoticonos. (De acuerdo con la Royal: “Símbolo gráfico que se utiliza en las comunicaciones a través del correo electrónico y sirve para expresar el estado de ánimo del remitente”).
Vayamos por pasos y analicemos estos signos que, a día de hoy, constituyen la reserva emocional sígnica de las nuevas generaciones. Que un mero iconito consiga ablandar el corazón de la media naranja más agraviada; (+)
El perro que no miraba de frente y la gallina que susurraba a los espías
La semana pasada estuve de vacaciones en un pueblo recóndito de la Galicia sea-free y, como casi no quedan humanos, me dediqué a la atenta observación de las otras especies animales allí presentes.
Puedo dar fe, por haberlo visto con mis propios ojos y en tercera persona (los otros dos habitantes del pueblo estaban delante, haciendo obstáculo) de la presencia de un perro espía de origen desconocido e infiltrado entre el resto de la comuna de perros perseguidores de jabalíes y corzos ocasionales (ocasionales los corzos, los jabalíes son sistémicos). (+)
De crêpes, marujas y críticos gastronómicos
El otro día me estaba enfrentando a una cama con cajones de Ikea y pensando en el imperio del Do Yourself que ha sustituido al del Gran Hermano (“la cama se la doy yo hecha de serie y no se hable más. Si no está conforme, la customiza”).
Pero es que el tema trasciende al mundo de los tableros agujereados al milímetro; es una especie de ola que todo lo mece: “haga usted la declaración de la renta desde su casa”, “envíenos las fotos del incendio de su pueblo, que se las sacamos en el telediario”,
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El ocio ha muerto, ¡viva el aburrimiento!
Hay algo que siempre me ha intrigado en El Quijote. Se trata, en concreto, de dos palabras de la frase de arranque o start point: “NO QUIERO”. “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”.
Porque no dice “no puedo”, “no consigo”, no, pronuncia un misterioso e inexplicado “no quiero”, con claros dejes atentatorios contra la sagrada institución matrimonial.
No sé si algún estudioso del libro entre los libros se ha dedicado a analizar los meandros de tan enigmática y libremente elegida renuncia a recordar. En todo caso, nosotros, el vulgo recitativo, que conocemos de memoria la tal frase, la declamamos como si tal cosa, sin percatarnos del misterio que contiene ese NO QUIERO. Que venga Marlowe a resolver el enigma.
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Hasta Freud se pone de rebajas
Empiezan las rebajas. Los telediarios desempolvan el perenne advice de la Asociación de Consumidores (“más barato no significa peor calidad”, “no deje usted que se la den con descuento”, “sea usted racional en la compra impulsiva” (¡!), “no deje a sus hijos sin chococrispis por culpa de un bikini de diseño”)…
… A los transeúntes se nos ablanda el corazón con el setentaporciento en primera instancia, los afiliados a la teoría crítica desempolvan el hemisferio marxista del cerebro y reconocen en la vecina, a la recherche de la ganga suma, a un ejemplar de la masa alienada, presa inconsciente de las garras pulpiles del monstruo capitalista; los psicólogos nos dan inestimables consejos sobre cómo controlar nuestros atávicos impulsos consumeriles….
El vuelo de irás y no volverás
El otro día me decía una amiga que cualquier ciudadano digno de tal nombre debería leer con respeto y reverencia la letra pequeña que acompaña a los billetes electrónicos.
La aguda sensibilidad de mi amiga le ha llevado a escribir un libro titulado Volar: una experiencia transcendental. Hágalo usted mismo, en el que explica la valiosa aportación de las compañías aéreas al mantenimiento de los valores espirituales en esta época materialista y depravada.
Al parecer, en el contrato calámbrico, quiero decir electrónico, se hace constar que para las tarifas populares (aquí es donde mi amiga localiza una primera señal: la aparición heroica de “los más”, esto es, das Volk, el pueblo llano) no hay vuelta sin ida.
Cristiano y el sudor de su frente
No es que me interese demasiado el fútbol, pero el caso Cristiano (Ronaldo) es capaz de inflamarle la glándula del cotilleo hasta a un intelectual orgánico como yo.
No sé si el gancho del tema está en la infancia dura y sin un duro, eso que se denomina “orígenes humildes” y que le da épica al tema (“milagro, milagro”, gritaron los descreídos, “un millonario hecho a sí mismo”), o en el transracionalismo burgués de Laporta reconvertido a embajador de la moral del ahorro y el precio justo, luchando como un cruzado de puros ideales contra la part maudite del despilfarro.




